La cruzada para prohibir los vehículos diésel sigue imparable, sobre todo en Europa, y la última en sumarse a esta campaña ha sido Roma. Según ha declarado su alcaldesa, Virginia Raggi, en 2024 no podrán circular los vehículos diésel por el centro del casco urbano. La capital italiana se convierte así en la primera en dar un paso real en este aspecto, aunque no ha sido la primera.

Escocia, Milán, Alemania, incluso las Islas Baleares ya han empezado a elaborar planes específicos para ir retirando paulatinamente la circulación de los vehículos más contaminantes del centro de las ciudades y sustituirlos por otros más respetables con el medio ambiente.

Las restricciones de tráfico no han sido suficientes

Roma, al igual que muchas otras grandes ciudades europeas, han puesto hace años planes que limitan la circulación en sus ciudades en episodios de alta contaminación. Sin embargo estas medidas se han empezado a aplicar tarde y, además, no son suficientes.

Pensemos en La Tierra como una enorme cúpula dotada de sistemas de filtración naturales para el aire contaminado. Mientras no se supere la capacidad de regeneración de aire, todo va bien. Pero una vez superado este punto, ya no hay vuelta atrás y aunque restringir la circulación ayuda en momentos puntuales, no deja de ser un parche temporal el cual no es suficiente.

Y si además añadimos a estas restricciones una postura laxa por parte de las autoridades, entonces el remedio es casi peor que la enfermedad. Y es que cuando en Roma se activan los protocolos anticontaminación, ni la gente lo tiene muy en cuenta ni la policía pone remedio con sanciones ejemplares para aquellos que se saltan las prohibiciones.

Además la picaresca está a la orden del día y mucha gente se ha comprado coches muy antiguos de segunda mano con una letra de matrícula diferente para seguir circulando y, además, contaminando más. Típico comportamiento digo del Lazarillo de Tormes del que que malamente deberíamos sentirnos orgullosos y que sería además impensable en otros países europeos.

Por último y en el caso particular de Roma, otro problema además de la salud pública se une derivado de la contaminación: la conservación del rico patrimonio histórico de la ciudad. Así, muchos de sus edificios y estatuas empiezan a encontrarse en peligro.